Los resultados de la prueba
Sólo digamos que fue un accidente. Suena a suicida, pero la vida puede ser tan mierda, que los instantes decisivos terminan dependiendo de terceros, pero no creo que sea adecuada tanta intensidad.
De hecho, aunque pueda sonar extraño y hasta apañador de mediocridad, después de aquella infausta tarde, me sentí mucho mejor que en tardes de gloria y días de triunfo, tal como se lo comentaba a unos amigos con quienes tomaba una cerveza después de los resultados. Y es que el triunfo puede ser el más grande cebo de culebra del mundo, el mejor anestésico conocido, mejorador de las imágenes casi tan potente como la muerte: El resultado positivo te da laureles para dormir, dibuja sonrisas en el horizonte, incluso relega a un lado la desilusión y la soledad, hasta donde sé.
Sucedió que no fue así. En ese atardecer lúgubre me encontré con varios de mis amigos, de aquellos reales, en la sobriedad y en la embriaguez, en el triunfo y en la derrota, todos para uno y uno para todos, uno a todas y todos a una, nada que ver con los oportunistas que van por el trago gratis, para compartir risotadas ajenas o para sentirse cerca de alguien que supuestamente logró algo importante.
Mis amigos fueron y vieron el examen, pero ellos han observado todo el antecedente, los últimos años, han tenido cerca el tema, y tal vez por eso comprendieron mi preocupación inicial y mi desdén posterior respecto a este accidente. Comprenden que me importa más mi libertad, que en verdad no he perdido nunca, que mi tranquilidad profesional; también entienden que mi molestia se centra en como una elección no bien encaminada me dirige a una permanente sensación de fracaso, ante la cual no me siento tan comprometido como se podría esperar, y es por eso que conversamos, bebimos un trago y tocamos el tema más importante del universo: La vida, la vida a salvo, la vida suelta, lo que uno siente, muy lejos de algún bienintencionado consejero o malintencionado crítico, ineficiente de todos modos.
Un párrafo especial merece mi padre. Hace unos meses no hubiera imaginado su actitud actual, la cual no podría describir con un adjetivo, sino con un simple medio de prueba: Hacía no sé cuanto, tal vez más de diez años, no sostuvimos una conversación tan profunda y a la vez apacible como la de la hora deld esayuno siguiente. No dijo nada, en ningún idioma que yo conociera, y de hecho, no hizo más que apoyar la seguridad que tenía en las horas previas al examen, en los días previos. No quiero pensar en que se debía a la trascendencia del suceso o a algún posible arrepentimiento, tal vez al viaje de hace algunas semanas, pero sentí más cercano que nunca al viejo, tal vez por el hecho de haber comprendido, ambos, que antes de tratar un hijo con su padre y viceversa, son dos hombres, frente a frente, con todo lo que un hombre posee.
En ese aspecto, me siento ganador, triunfador, por goleada, como nunca, SOBRESALIENTE en esta prueba. No creo en el triunfo moral, sino en el triunfo emocional, que sí existe. Y sólo me queda darle importancia a ello, sobretodo esta semana, pues lo pasado, pesado y pisado, pese a no haberlo tomado en serio: El único lugar donde me siento extraño en todo Fundo Pando, es mi propia facultad, perdí por no dejar acabar oraciones a los profesores, por contradecir y defender mi postura. A lo largo de esta semana, mi nombre llevará un ignominoso rotulo a su costado, DESAPROBADO, hasta que saquen la lista, posiblemente mucha gente se sienta feliz por saberlo, tengan un motivo de chiste o de conversación... que lo hagan, que chupen en mi honor si desean. A diferencia de otras ocasiones, siento que sé porqué pasan las cosas, no me siento estúpido por no entender la tremebunda lógica del Derecho Civil Peruano, ni fracasado por verme perdido en el laberinto del hastío societario.
A lo largo de este año, y creo que los lectores saben, he ejercido duramente el poder de la eliminación de lo que no vale la pena, las relaciones inicuas, disfuncionales. Así como alguien que no me ofrece más que desdén, no merece más que aire, igual aquí, no lo daré demasiada atención. Al contrario, hay algo de dramaturgia que me gusta, y puede que ocupe lo que queda de este año en ello, un año que no ha terminado por cierto (y en el que, al menos, una mujer no me hecho sufrir, eso es un avance, simbólico, pero válido).
En fin, es todo. Ahora, me siento más capaz de aleccionar a la juventud, de reirme de los muertos de hambre que se burlan de los tropiezos ajenos o de la seguridad que (en su apestosa humildad) confunden con soberbia, de mandar al diablo a quienes quieren "sacarme del túnel" en el que no estoy. En todo caso, si buscan algo así, les recomiendo ver toda esta película y sí, ¿cómo negarlo? El personaje de Paul Vega llega a despertar compasión, sobretodo por su descubrimiento final, que tal vez él mismo provocó.
¿Cómo no? Me siento seguro, lalalala, lalalalalalala...






